1846. La Señora de La Salette, Francia

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El 9 de septiembre 1846 la Virgen aparece a dos pobres pastorcitos que no saben leer, ni escribir. Melanie Calvat y Maximino, mientras cuidaban un rebaño, vieron un globo de fuego. Era como si el sol se hubiera caído al suelo, se moviera y girara. Ambos, asustados, se acercan al globo. En el aparece una mujer sentada, la cara oculta entre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas, en una actitud de profunda tristeza. La bella Señora se levanta y les habla en francés, pero ellos no la entienden bien, porque hablaban solamente su dialecto, por lo que la Señora también se comunica en su dialecto. Dice ella:
“Acérquense, hijos míos, no tengan miedo, voy a contarles una gran noticia”. Ella llora, está vestida como las mujeres del campo. En su frente brilla una luz como una diadema y sobre sus hombros lleva una pesada cadena. Una cadena más fina sostiene sobre su pecho, un crucifijo deslumbrante, con un martillo por un lado y al otro unas tenazas.

La Virgen les comunica un largo mensaje que se refiere a la desobediencia de la gente del campo a los mandatos de Jesús, además del nulo respeto de los hombres hacia sus mujeres.

Una de las frases de la Virgen dice:
“Combaten, hijos de luz, dentro de vuestro pequeño vecindario, porque he aquí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines”.

Proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción.

El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pio IX proclamó el Dogma:
“Declaramos, afirmamos y definimos que la beatísima Virgen María, en el primer instante de su Concepción, por gracia y privilegio singular de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios y, por tanto, debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles”.

Un dogma es una verdad revelada por Dios y enseñada por el Magisterio infalible de la Iglesia. Son verdades recibidas por Dios, no doctrinas humanas, que se exponen en palabras adecuadas y precisas, se definen en el momento oportuno de la historia, según los designios de Dios que guía a la Iglesia.

El dogma de la Divina Maternidad comprende dos verdades. María es verdadera Madre, es decir, ha contribuido a la formación de la naturaleza humana de Cristo, con todo lo que aportan las otras madres a la formación del fruto de sus entrañas.

María es verdadera Madre de Dios, es decir, concibió y dio a luz a la segunda persona de la Santísima Trinidad, aunque no en lo que respecta a su naturaleza divina, sino en cuanto a la naturaleza humana que había asumido.

Dios, habiendo amado al mundo hasta decretar darle a su Hijo infinito para su redención, escogió de antemano, de entre todas las criaturas, a María, Virgen Purísima y Santísima, para realizar tan grande e inefable misterio. De ahí que con la intervención del Espirito Santo, que la cubrió con su sombra, la hizo Madre de su Unigénito, y justamente con la riquísima fecundidad, conservó perpetuamente pura la flor de su virginidad, cuya virtud y hermosura admiran el sol, la luna, la naturaleza y el infierno se estremece ante ella.

La Iglesia Católica enseña que María es Inmaculada. Con este título se expresa aquel privilegio singular por el cual la Madre de Dios, al ser concebida, no contrajo la mancha del pecado original.

Creemos que no hubo momento alguno en el cual María se hallase en enemistad con Dios, creemos que en ninguna circunstancia de su vida, ni en el instante de su concepción, estuvo sometida al pecado.

Al término de su vida terrena, María Santísima, por singular privilegio, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del Cielo. Mientras a todos los otros santos, glorifica Dios al término de su vida terrena en cuanto al alma, y deben, por consiguiente, esperar al fin del mundo para ser glorificados también en cuanto al cuerpo, María Santísima fue glorificada en cuerpo y alma.

María es nuestra Corredentora con Jesús. Ella le dio su cuerpo y sufrió con Él al pie de la cruz.

María es la Mediadora de Todas las Gracias. Ella nos dio a Jesús y como nuestra Madre nos obtiene todas las gracias.

María es nuestra Abogada, la que reza a Jesús por nosotros.

Sólo a través del Corazón de María, podemos llegar al Corazón de Jesús.

La definición papal de María como Corredentora, Mediadora y Abogada, traerá grandes gracias a la Iglesia.

El año 1855, la peste que se originó en China, se diseminó desde allí hacia todo el mundo, entre 1898 y 1918, hubo 12 500 000 muertos.