1876. Santa Catalina Labouré

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Catalina, al quedarse huérfana de madre, a los 8 años, le pidió a la Santísima Virgen que le sirviera de madre. La Madre de Dios aceptó su petición. Como su hermana mayor se fue de monja vicentina, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la casa de su padre. Por esto no pudo aprender a leer, ni escribir. A los 14 años pidió a su padre que la autorizara a irse a un convento, pero él no se lo permitió. Ella le pidió a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: Ser Religiosa.

Una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía:
“Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos”.
La imagen de este sacerdote le quedó grabada para siempre en su memoria.

A los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a su hermana religiosa y, al llegar a la sala del convento, vio allí el retrato de San Vicente de Paul y se dio cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños y que le había invitado a ayudar a cuidar enfermos. Desde ese día se propuso ser hermana vicentina. Tanto insistió que al fin fue aceptada en la comunidad.

Siendo Catalina una joven monja, tuvo unas apariciones que la han hecho célebre en toda la Iglesia. En la primera, una noche estando en el dormitorio, sintió que un hermoso niño la invitaba ir a la capilla. Lo siguió hasta allá y él la llevo ante la imagen de la Virgen. Nuestra Señora le comunicó varias cosas futuras, que iban a suceder en la Iglesia Católica y le recomendó que el mes de mayo fuera celebrado con mayor fervor en honor de la Madre de Dios. Catalina creyó siempre, que el niño que la llevaba, era su ángel de la guarda.

La aparición más famosa fue la del 27 de noviembre de 1830.
Estando por la noche en la capilla, de pronto vio que la Virgen le mostró con devoción una medalla resplandeciente, derramando de sus hermosas manos rayos de luz hacia la tierra. Le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen MA, y una cruz, con la frase:
”Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti”.

Le prometió ayudas especiales a quienes lleven la medalla y recen esa oración.

Catalina le contó a su confesor sobre esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo empezó a convencerse de que la religiosa tenía un aura de santidad. Decidió ir donde el Arzobispo a consultarle el caso. Este dio el permiso para que se hicieran las medallas.

La gente empezó a darse cuenta de que los que llevaban la medalla con devoción y rezaban la oración, conseguían favores formidables. Entonces todo el mundo comenzó a pedirla.

En Paris había un masón muy alejado de la religión. Su hija consiguió que él aceptara colocarse la medalla al cuello. Al poco tiempo, el masón pidió que lo visitara un sacerdote, renunció a sus errores masónicos y terminó sus días como creyente católico.

Catalina preguntó a la Virgen por qué algunos de los rayos luminosos, que salen de sus manos, quedan como cortados y no caen en la tierra. Ella le respondió: “Esos rayos que no caen en la tierra, representan los muchos favores y gracias que Yo quisiera conceder a las personas, pero se quedan sin ser concedidos porque la gente no los pide.”

Después de las apariciones de la Santísima Virgen, Catalina vivió el resto de sus años como una cenicienta, escondida y desconocida de todos.
En 1842 ocurrió un caso que hizo que la Medalla Milagrosa se hiciera mucho más popular. Sucedió que el rico judío Ratisbona fue hospedado muy amablemente por una familia católica en Roma, la cual, como único pago de sus muchas atenciones, le pidió que llevara por un tiempo la medalla de la Virgen Milagrosa, colgada al cuello. Él aceptó esto como una gentileza hacia sus amigos y fue a visitar, como turista, el templo. Allí, de pronto, frente a un altar de Nuestra Señora, vio que se le apareció la Virgen Santísima y le sonrió. Con esto le bastó para convertirse al catolicismo y dedicar el resto de su vida a propagar la religión católica y la devoción a la Madre de Dios.

Esta admirable conversión fue conocida en todo el mundo y contribuyó a que miles y miles de personas empezaron a llevar también la Medalla. Lo que consigue favores de Dios, realmente no es la medalla en sí, sino nuestra fe y la demostración de cariño que hacemos a la Virgen, llevando su sagrada imagen.

En el sepulcro de Santa Catalina, su cuerpo yace incorrupto.

Poco tiempo después de la muerte de la Santa, un niño de 11 años, inválido de nacimiento, fue llevado ante el sepulcro, con solo estar ante él, se produjo el milagro y quedó curado al instante.