1972. Aparición al Padre Stefano Gobbi, Italia

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El 8 de mayo 1972, Stefano Gobbi, un humilde sacerdote de Milán, estaba en peregrinación a Fátima. Mientras rezaba en la capilla de las Apariciones, la Virgen le pidió que fundara el “Movimiento Sacerdotal Mariano”.

En 1974 se iniciaron los primeros cenáculos de oración y de fraternidad entre sacerdotes y fieles. Poco a poco se extendieron a todo el mundo.

En el libro del Padre Gobbi, titulado: ”A los sacerdotes, hijos predilectos de la Santísima Virgen”, relata los siguientes mensajes de la Virgen:
“Quiero que cada sacerdote de mi Movimiento que se me haya consagrado, ore, sufra, y obre para devolverme mi puesto en medio de mis fieles.

Hoy más que nunca, el que me hallare, habrá encontrado la vida y recibirá del Señor la salvación. Mi adversario solo esto teme y hará todos los esfuerzos para alejarme aún más del corazón de mis fieles, para tenerme aún más oscurecida en la Iglesia. Él ha empeñado conmigo su más encarnizada batalla, la decisiva, en la cual uno de los dos quedará derrotado para siempre.

Ahora, en muchos aspectos, parece que el vencedor será él, mi adversario. Pero se avecinan los tiempos de mi gran retorno y de mi victoria completa.

Conmigo, en la lucha decisiva, quiero tener a mis hijos sacerdotes. Serán guiados por Mí, serán dóciles a mis mandatos, obedeciendo a mis deseos, sensibles a mis requerimientos. Habiéndose dejado poseer por Mí con su consagración, Yo misma me manifestaré en ellos y por medio de ellos actuaré para herir a mi enemigo y para aplastarle la cabeza con mi talón.

Sacerdotes míos, ahora deben comenzar a actuar; por ellos quiero volver en medio de mis fieles, porque es con ellos, en torno a mis sacerdotes, como yo quiero formar mi ejército invencible.

A mis fieles, adheridos a mí movimiento, les pido:
Que se consagren de manera especial a mí Corazón Inmaculado, no cuidándose de formalidades externas o jurídicas, sino solo de darse totalmente a Mí, para que Yo pueda disponer libremente de su existencia y ordenar toda su vida según mis designios. Deben dejarse guiar por Mí, como niños. Deben volver a orar más, a amar más a Jesús, a adorarlo más en su Misterio Eucarístico, para que sea Él, quien ilumina toda su vida. ¡Qué alegría y qué don de amor comunicará Jesús en la Eucaristía a esos fieles, a mis consagrados!

Recen cada día el Santo Rosario para que se apresure mi gran retorno.

Sean fieles al Papa y a la Iglesia.

Vendrá pronto un tiempo en el que solo él que esté con el Papa logrará permanecer en la fe de mi Hijo y salvarse de la gran apostasía que se habrá esparcido por doquier. Observen los Mandamientos de Dios y practiquen lo que mi Hijo Jesús ha enseñado para ser sus verdaderos seguidores. Así servirán de buen ejemplo.

Deben serlo, especialmente con un austero modo de vivir, con el rechazo de una moda cada vez más provocativa y obscena, combatiendo de todas las maneras la difusión de revistas y espectáculos inmorales y el continuo desbordamiento de un mar de fango que todo lo inunda.
¡Y mi Candor Inmaculado en medio de tanta corrupción de muerte!

Estos, mis fieles hijos serán llamados y formados por Mí, para esta gran misión: Preparar este mundo a la gran purificación que le espera, para que pueda finalmente nacer un nuevo mundo, totalmente renovado por la luz y por el amor de mi Hijo Jesús, que reinará sobre todas las cosas.
Entonces hoy, les pido a vosotros, hijos consagrados a mi Corazón Inmaculado, todo lo que en este mismo lugar, en mayo de 1917, he pedido a mis tres pequeños niños, Lucia, Jacinta y Francisco. Sirvan de buen ejemplo de todos por su pureza, por su sobriedad y por su modestia. Huyan de todos aquellos lugares donde se profana el carácter sagrado de su persona. Formen en torno a mis sacerdotes mí tropa fiel, mi gran “Ejercito Blanco”.

Por medio de ellos volverá mi luz en medio de las grandes tinieblas”.