1522. Nuestra Señora de las Lágrimas de Treviglio

21.Santuario de Treviglio

En los inicios del 1500, la Lombardía es escenario de la lucha entre Francisco I, rey de Francia, y el Emperador Carlos V de Alemania, que quiere apoderarse de las posiciones francesas en Lombardía.
El lugarteniente del rey de Francia es el Mariscal Odet de Foix, Vizconde de Lautrec, un hombre duro, feroz y más sólido que una roca.
Los franceses se ven obligados a retirarse a Como y de allí a Lecco.
A Triviglio regresa el ducado Sforza.
Algunos en Trviglio, incitados por Giovanni Landriano de la facción imperial, irritan repetidamente a las tropas francesas en retirada.
El 27 de febrero de 1522 llega a Treviglio la noticia de que Lautrec se mueve de Cremona, con la intención de saquear y destruir la ciudad. Todos los esfuerzos de mediación de los cónsules y el clero son inútiles. La población, habiendo perdido toda esperanza humana, pone toda su confianza en Dios y en la Virgen María. Las iglesias están llenas y están toda la noche en oración.
El 28 de febrero, la ciudad despierta en silencio. De repente, una voz se propaga a través de las calles y es recibida con gran emoción:
“¡Milagro! ¡Milagro! La imagen de la Virgen en San Agustín llora y suda”.
¿Qué pasó? A las 8 de aquel viernes, la imagen de la Virgen pintada en la pared de la iglesia, comienza a derramar abundantes lágrimas de sus ojos y sudor de todo su cuerpo. Los soldados franceses, constatando el hecho y profundamente impresionados, informan a Lautrec. Este llega a caballo a la iglesia, entra y descubre que la imagen de Nuestra Señora está teñida de lágrimas y sudor. En medio de gran emoción, doblando la rodilla delante de la Virgen, trata de secar sus lágrimas con un pañuelo, pero vuelven a aparecer. El milagro se prolonga durante seis horas consecutivas.
La ciudad entera se alegra enormemente y el General Lautrec, impresionadísimo, asegura al pueblo de Treviglio su perdón. El General y la mayoría de los oficiales, sobre sus rodillas, a los pies de Nuestra Señora, deponen las armas y armaduras.
La ciudad, en gratitud a la Virgen, levanta un templo magnifico, un monumento a la verdadera fe.