Año 1696. Nuestra Señora de la Nube

a9.virgen de la nube

La historia nos lleva a la época de oro del virreinato. Al terminar el año 1696, el obispo de Quito, Sancho de Andrade y Figueroa, se hallaba seriamente enfermo. Como solía acontecer en graves circunstancias, se resolvió traer la venerada imagen de “Nuestra Señora de Guápulo”, distante a un par de leguas de la ciudad, hasta la iglesia catedral.

En la tarde del 30 de diciembre fue sacada en procesión de rogativa con el acompañamiento de unas quinientas personas. Llegado al final del pretil de San Francisco, al concluir la segunda decena del rosario, se hizo la señal para que todos se arrodillasen y entonasen el “Gloria Patri”.

De repente, se vio claramente en el cielo, en dirección al caserío de Guápulo, una figura formada por nubes, de gran tamaño. Fue entonces que el presbítero José de Ulloa, capellán del Monasterio de la “Limpia Concepción de Quito”, exclamó con voz alta: ”¡La Virgen, la Virgen!”

Todos volvieron su mirada hacia el lugar señalado, viendo nítidamente sobre los aires, la figura de María Santísima, dibujada por las nubes:
La imagen estaba de pie sobre otra nube más oscura y densa, que le servía como pedestal o trono. Llevaba una corona y en la mano derecha un ramo de azucenas a manera de cetro. Con la derecha estrechaba al divino Níño Jesús, hacia quien tenía dulcemente inclinada su cabeza.

La aparición duró lo suficiente para que todos pudieran darse cuenta de ella. Terminada la procesión, muy a la usanza española, se levantó un acta.

A raíz del suceso, el obispo de Quito recobró inesperadamente la salud. Autorizó el culto a “Nuestra Señora de la Nube” y mandó a erigir un altar para conmemorar el hecho.