s XVIII. San Gerardo Mayela

a18.SangerardoMayela

En abril de 1726 nació el último hijo de una piadosa familia en Muro Lucano, Gerardo Mayela. Desde muy joven dio muestras de ser un alma predilecta de la Divina Providencia. Su principal pasatiempo consistía en hacer pequeños altares, pero su sitio preferido era la capilla de Capodigiano, dedicada a la Santísima Virgen María, a dos kilómetros de Muro Lucano. De allí regresó una vez con un panecillo y cuando su madre le preguntó quién se lo había dado, le respondió; “El hijo de una hermosa señora con el que yo estaba jugando”. Como el hecho se repetía diariamente durante semanas, una de sus hermanas lo siguió, sin que se diera cuenta, y pudo dar testimonio de lo siguiente: 

Tan pronto como Gerardo se arrodillaba a los pies de la imagen de María, el Niño Jesús bajaba de los brazos de su Madre para jugar con él y, al despedirse, le entregaba un panecillo.

Debido al fallecimiento de su padre, Gerardo se vio obligado a trabajar como aprendiz de sastre. El jefe del personal sintió animadversión por el muchacho, precisamente por verlo piadoso. Lo acusaba de vagabundo, le propinaba bofetadas, hasta el punto de que en una ocasión, le hizo perder el sentido.

Gerardo no se quejó ante su patrón; es más, se alegraba de padecer por Jesús y le repetía a su verdugo: “Golpead, golpead más, merezco este castigo”.

Poco tiempo después se puso al servicio de Monseñor Albini, obispo de Lacedonia, conocido por su irascible carácter. Durante tres años Gerardo aguantó humillaciones, reprimendas y malos tratos.

Una vez se le cayó al pozo el manojo de llaves de la residencia episcopal. En medio de una terrible aflicción, solo se le ocurrió una salida: atar a una cuerda una imagen del Niño Jesús y bajarla hasta el fondo del aljibe, mientras suplicaba: “Solo tú me puedes ayudar, si no vienes en mi auxilio, Monseñor me va a regañar. Así pues, por favor, dame la llave”. Sucedió que, al tirar de la cuerda para subir la imagen, esta traía las llaves en la mano. Este prodigio y su heroica paciencia, le valieron la admiración de toda la ciudad, a excepción de la del prelado.

Cultivaba una filial devoción por María Santísima, a quien había consagrado su virginidad.

En una de las largas vigilias, una voz suave, procedente del sagrario, rasgó el silencio nocturno:
“¡Pazzerello!” (Que quiere decir “loquito”)
La respuesta brotó rápida de sus ardorosos labios:
“Señor, tú eres más loco que yo, porque estás aquí, prisionero en el sagrario”.
Ser religioso siempre había sido su sueño. Fracasó en dos intentos de entrar a la Orden de los Capuchinos.

Un día llegaron al pueblo algunos sacerdotes de la Congregación Redentorista, para predicar una misión. Gerardo pensó que ésa era su vocación y solicitó su admisión. El superior, el padre Pablo Cafaro, se negó rotundamente y, como él insistió incesantemente, el prelado pidió a su madre que lo encerrara. Pero el joven se escapó por la ventana del segundo piso y salió corriendo detrás de los redentoristas, dejando una nota a su familia que decía: “Voy a hacerme santo, olvídense de mí”.

Finalmente su santa y serena tenacidad pudo más que la férrea determinación del Superior. En 1749, a los 23 años, fue acogido en el convento de Deliceto.

Empezaba para Gerardo la última etapa de su vida, solo seis años lo separaban de su marcha hacia la eternidad.

En 1893, León XIII elevó a Gerardo a la honra de los altares, como beato. Once años después Pio X lo elevó a la santidad.